Economía

Tragedias de los comunes y el multiplicador tecnológico de la economía colaborativa.

¿Cómo escapar del dilema en el que muchos individuos actuando racionalmente en su propio interés, pueden en última instancia destruir un recurso compartido y limitado, incluso cuando es evidente que esto no beneficia a nadie a largo plazo?

¿Se está aprovechando la economía colaborativa para fomentar la desregulación en favor de las multinacionales en un ejercicio contra la soberanía democrática?.

El desarrollo tecnológico de los últimos años, la globalización en las comunicaciones y la posibilidad de difusión y adquisición de información “social” han empoderado al individuo que ahora más que nunca es capaz de modificar de forma independiente con su comportamiento y con ayuda de las plataformas tecnológicas lo que en principio parace un uso inteligente de los recursos pero que  al masificarse esta originando verdaderos conflictos sociales.

El dilema de la tragedia de los comunes en inglés (Tragedy of the commons), descrito por Garrett Hardin en 1968, y publicado en la revista Science, esté tomando alrrededor de este fenómeno más relevancia que nunca.​

La tragedia de los comunes describe una situación en la cual varios individuos, motivados solo por el interés personal y actuando independiente pero racionalmente, terminan por destruir un recurso compartido limitado (el común) aunque a ninguno de ellos, ya sea como individuos o en conjunto, les convenga que tal destrucción suceda.

Se considera que el dilema representa un ejemplo de trampa social en el que se enfatiza un conflicto social sobre el uso de los recursos comunes al implicar una contradicción entre los intereses o beneficios de los individuos y los bienes comunes o públicos.

Un claro ejemplo de esto han sido las diferentes iniciativas de economía compartida que han provocado un terremoto no solo en el mundo de los negocios, sino también causando problemas sociales derivados de la tragedia de los comunes.

Economía que se está aprovechando de la desregulación en favor de las multinacionales y de la ausencia de un ejercicio real de soberanía democrática. Es la punta de lanza de un nuevo modelo postcapitalista que vive más de la renta que de la producción propia de valor.

La economía compartida, también llamada ‘on-demand’, incluye a empresas que utilizan la tecnología para identificar productos o servicios que son utilizados por debajo de lo que permite su capacidad y los pone en contacto con personas que están en busca de esos servicios.

Uber y Airbnb son conocidas en gran parte del mundo, pero hay un sinnúmero de otras empresas de economía compartida mucho más pequeñas. Por ejemplo, Postmates es un servicio de entrega bajo demanda, TaskRabbit es un mercado online para minijobs, y car2go, empresa para compartir vehículos.

Confirmando que este no es un fenómeno de moda, sino más bien una economía que no deja de crecer y es mucho más importante de lo que en principio nos pudiera parecer.

Así lo pone de manifiesto un informe elaborado conjuntamente por la empresa de comunicaciones estratégicas y relaciones públicas Burson-Marsteller, The Future of Work Initiative del Aspen Institute y la revista Time. El estudio, basada en más de 3.000 encuestas online a adultos estadounidenses, fue llevado a cabo por la firma de investigación Penn Schoen Berland.

Los datos revelan que en torno a unos 45 millones de estadounidenses ha trabajado en alguna de las compañías de la economía compartida, mientras que la cifra de ciudadanos que han disfrutado de los servicios de este tipo de empresa supera los 86 millones, lo que equivale a dos de cada cinco adultos del país.

Gentrificación turística, consecuencia de la economía compartida

La afluencia de turistas a las grandes ciudades ocupa un lugar principal en la transformación que están viviendo los centros urbanos, no solo por el encarecimiento de los alquileres (uso de pisos en apartamentos turísticos), sino también por la proliferación de hoteles, tiendas y restaurantes donde antes había viviendas y comercios de barrio.

El anglicismo gentrificación se denomina a la transformación de un barrio que acoge nuevos moradores con mayor poder adquisitivo, produciéndose expulsión de los anteriores vecinos. El barrio en cuestión, siempre bien situado y céntrico, queda entonces dispuesto y arreglado en función de una clase social que expulsa cualquier tipo de manifestación, negocio o lugar que recuerde a lo que originalmente representó a ese lugar.

Una vuelta de tuerca es la turistificación,que el Diccionario de la Real Academia Española aún no recoge, aunque sí el diccionario de la Fundéu) es un término con el que se alude al impacto que tiene la masificación turística en el tejido comercial y social de determinados barrios o ciudades. Turistas de poder económico elevado que copan la oferta de los lugares más céntricos de ciudades.

Definición, en cualquier caso, también podría ser válida para el término “gentrificación turística”, o igualmente encajaría con el llamado Síndrome de Venecia conocido desde hace décadas como de los primeros lugares que sufrieron este fenómeno.

Barrios de ciudades como París, Roma, Venecia y Barcelona han visto poco a poco como se están transformando en parques temáticos que se vuelcan en el visitante, debido a la golosa oferta que supone adecuar sus ofertar a las preferencias del turista.

La turistificación de la ciudad provoca la expulsión de los vecinos de los barrios tradicionales para crear espacios de negocio turístico similares a los parques temáticos.

Por la fuerza del interés económico, en estas zonas el alquiler tradicional pierde interés para el arrendador, las propiedades pueden alcanzar grandes rentabilidades si son explotadas por esta vía y también se expele a los vecinos habituales, generando en ocasiones problemas de convivencia.

La afluencia de turistas a las grandes ciudades ocupa un lugar principal en la transformación que están viviendo los centros urbanos, no solo por el encarecimiento de los alquileres (uso de pisos en apartamentos turísticos), sino también por la proliferación de hoteles, tiendas y restaurantes donde antes había viviendas y comercios de barrio.

Los negocios se orientan al turista, disminuyendo la oferta de establecimientos de alimentación y de servicios como cafeterías tradicionales, peluquerías, etc. Los mercados tradicionales, lugar hasta entonces de compra diaria para los locales, se convierten en peregrinaje de masas, así como los monumentos y calles de los cascos históricos.Una metamorfosis que están tratando de combatir algunos ayuntamientos con normativas que limiten el cambio de uso residencial a hotelero y comercial.

Airbnb o HomeAway han alimentado una burbuja en los precios de los alquileres con efectos muy acusados sobre el desarrollo y planificación de las ciudades, especialmente de las más turísticas, y son objeto de estudio y de polémica desde hace ya algún tiempo, y conocidos por todo aquel que haya tratado de encontrar recientemente una vivienda de alquiler en el centro de alguna ciudad con atractivo turístico.

La suma de la economía colaborativa y un marco desregulado por directivas de la UE, como la conocida Directiva Bolkenstein, y tratados comerciales como CETA o el TTIP han restado a los poderes públicos la capacidad de gobernar democráticamente los espacios urbanos.

El efecto de la aplicación creada por Brian Chesky, Joe Gebbia y Nathan Blecharczyk hace ahora ocho años parece claro y evidente: convierte la explotación de un recurso, el alquiler a corto plazo de propiedades inmobiliarias en áreas turísticas, en algo tan sumamente sencillo y rentable, que pocos pueden resistirse a su atractivo.

Las zonas atractivas de las ciudades, que desde el desarrollo del turismo masivo ya sufrían una fuerte presión y, en muchos casos, corrían peligro de convertirse en ciudades idénticas entre si, con negocios orientados únicamente al turista y un número cada vez menos de residentes, han visto cómo un número cada vez mayor de propiedades eran puestas en alquiler a través de Airbnb y aplicaciones similares, marcando valores más elevados para la rentabilidad de la propiedad inmobiliaria y, en consecuencia, haciendo que muchos propietarios que anteriormente arrendaban esas propiedades a residentes se planteen utilizarlas para el alquiler de corto plazo.

Lejos queda la idea inicial de los fundadores de Airbnb, tres jóvenes a los que no les llegaba el dinero para pagar el alquiler de su casa en San Francisco que decidieron alquilar una de sus habitaciones a asistentes a congresos y conferencias.

Hoy en día la realidad es mucho menos amable, convirtiéndose en verdaderos paraísos de compañías que concentran múltiples propiedades o edificios enteros y los operan a través de la plataforma, intermediarios que gestionan propiedades de terceros, y toda una industria en torno a la actividad.

El problema de la gentrificación turística en la agenda política.

En San Francisco, la primera ciudad donde la compañía comenzó a operar, sus oficinas fueron ocupadas por manifestantes en noviembre de 2015, y el ayuntamiento puso en marcha varias medidas de control, como el registro de las propiedades objeto de alquiler e imponiendo diversas restricciones en términos de número de noches al año y el número de propiedades que cada persona puede poner en la plataforma. Desde entonces, la compañía ha visto protestas y actuaciones en otras ciudades de las 65,000 en las que opera en todo el mundo.

Son ejemplos en españa la organizada en Madrid el pasado Mayo del colectivo Lavapiés ¿dónde vas? Que convocó una manifestación “por los derechos de turista” por las calles del céntrico barrio “disfrazados” de turistas, leyeron el irónico manifiesto reivindicativo y señalaron las fincas que figuran en Airbnb

Las 18 (irónicas) reivindicaciones

1. La reserva de un mínimo del 25% de viviendas para destinarlas al uso turístico.
2. Que los nativos no se nos muevan cuando les estamos haciendo fotos.
3. Pavimentos rugosos o empedrados para proyectar mejor el sonido de las maletas con ruedines.
4. Cierre inmediato de las tiendas que venden productos no envasados e impulso del take way.
5. After hours exclusivos en las terrazas, azoteas y corralas (reservado el derecho de admisión).
6. Ocupación óptima de las aceras (entre un 85 y un 90%) por terracitas de bar y prioridad de paso para grupos con cámara y/o guía.
7. Que los castizos nos hagan francachelas.
8. Prioridad para artistas callejeros que cantan: 1) rumba, 2) Manu Chao, 3) Asturias patria querida.
9. Bolardos con forma de pez con la boca abierta para mear a gustito y mamparitas en los coches, a modo de caseta para mantener la dignidad y el decoro.
10. Reconversión en micromuseos de arte contemporáneo de los bajos comerciales.
11. Reducir un poquito la pendiente de las calles Olivar, Ave María, Lavapiés, Mesón de Paredes y Embajadores.
12. Poder pernoctar en cualquier casa si no quedan plazas en Airbnb. Opcional el derecho de pernada.
13. Un hotel o hostel en cada manzana, a ser posible comunicados entre sí con un pasillo higiénico con vending.
14. Cierre de bares con camareros feos que lleven uniforme, camisas blancas o chalequillo.
15. Que se eliminen los antiestéticos Mercados con productos frescos y se sustituyan por barecitos guays para tomarse el vermut. Pero muy fotogénico. Ups… esto ya está.
16. Un McDonalds, Starbucks o Pizza Hut cada cuatro manzanas, para comer en Lavapiés lo mismo que en el resto del mundo.
17. Supermercados 24 horas abiertos. Ups… esto ya está.
18. Carril turista en el barrio con prioridad para trolleys. Segregado del trafico vecinal.

Según la última encuesta de servicios municipales del Ajuntament de Barcelona, el turismo es ya la segunda preocupación para los barceloneses, solo superada por el paro.

En Palma, el Ayuntamiento ha tratado de prohibir las viviendas turísticas. En las ciudades españolas que más turistas reciben, surgen movimientos sociales preocupados por el turismo.

En Madrid en el último año el alquiler ha subido un 14,6%, según datos del Banco de España, alcanzándose un máximo histórico en el centro y rebajándose en la periferia.

Y si se atiende al número de pisos turísticos, en el registro de la Dirección General de Turismo de la Comunidad sólo hay registrados, y por tanto legalizados 3.000; sin embargo, la cifra de viviendas que se alquilan a través de plataformas como Airbnb es más del doble.

En concreto, según la actualización realizada por esta plataforma en marzo de este año, hay un total de 7.691 viviendas que se alquilan enteras por noches, 4.856 habitaciones y hasta 228 habitaciones compartidas. Según este portal el precio medio por noche es de 67 euros y los ingresos mensuales que generan de media a los propietarios es de 504 euros.

2017 será el año en el que se batirán todos los récords de turistas en España. Un crecimiento del 10% en lo que llevamos de año hace prever al Gobierno que cerraremos el año con 83 millones de visitantes.

Recuperar nuestras ciudades para ponerlas al servicio de las mayorías sociales será uno de los principales retos, tanto a nivel económico como político de los tiempos por venir. Nuestros entornos, edificios, pueblos, barrios, plazas, parques…constituyen la columna vertebral de nuestra forma de relacionarnos, de encontrarnos, de producir, de reproducir y de vivir.

Ciudades que no dejen a nadie atrás y construyan, produzcan y generen el entorno para que podamos redistribuir la riqueza social generada por todos, permitiéndonos así avanzar hacia un horizonte común en el que poder desplegar nuestros propios proyectos de vida. Con certezas, con garantías y con la seguridad de que nadie amenazará el hogar y el lugar en el que hemos crecido, disfrutado y del que deseamos seguir formando parte.

La producción en la metrópolis tiende, como diría el maestro David Harvey, a desposeernos. Una nueva acumulación por desposesión que busca expulsar a los vecinos y vecinas de nuestros barrios y pueblos. Una expulsión de los que han construido, vivido y dado vida a nuestras ciudades para, más adelante, sumergirnos en una espiral de lógica rentista que concentra de forma desproporcionada la riqueza en unas pocas manos y destruye nuestras comunidades humanas, arquitectónicas y urbanas. Es decir, nuestra forma de vida.

Este fenómeno social está causando incluso reacciones violentas de ciudadanos que antes recibía a los visitantes con los brazos abiertos y ahora les inquieta su llegada. Los visitantes han convertido sus vidas en un auténtico infierno. La masificación y los precios abusivos han creado un nuevo concepto: la turismofobia.

Es por ello que resulta de mucho interes evaluar las consecuencias de proyectos en principio inteligentes y racionales como Airbn (de la mal llamada economia colaborativa) para evaluar las consecuencias sociales, que la tecnología y su poder de globalización pueden causar entre la batalla del interés individual (hoy globalizado) y el interés de lo común desplazado ante la fuerza de este tipo de iniciativas. Sobre todo cuando las grandes empresas ante la situación de explotación de un nuevo mercado, se ayudan de las desregulaciones que se originan en estas nuevas fórmulas para llevar hasta las últimas consecuencias su interés por el exclusivo beneficio económico a corto plazo.

 

 

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